Unos golpecitos en una de las ventanas del despacho nos sobresaltaron. Allí estaba Benito, de pie en el poyete, con sus sempiternos calsetines blancos, señalando de modo repetitivo la cerradura de la ventana.

Abrimos ésta y Benito entró dando un salto.

  • Le advierto, Warren, que está cometiendo una tontería. Tiene una última oportunidad.

  • Ha entrado volando por la ventana. –Dije dirigiéndome a Delfín y Naima en busca de un poco de luz. - ¿Es un vampiro?

  • No creo. –Contestaron al unísono.

  • ¿Un demonio?

  • Podría ser.

  • ¿Y se les puede matar?

  • Según especies. Pruebe a dispararle, a ver que pasa.

 

Tres balazos y Benito cayó como un inarticulado guiñapo. La sangre que comenzó a manar tiño de rojo sus níveos escarpines.

 

  • No. No era un demonio. Los demonios no sangran. – Dijo Naima.

  • ¿Y cómo entró por la ventana? –Preguntó Dana.

  • ¿Quizás una escalera?

  • No. – Dije tras asomarme. –Aquí no hay escaleras ni cuerdas.

  • ¿Algún cable?

  • Nada.

  • Igual era cosa de Orerot.

  • Seguramente.

 

Era momento de que Delfín se ocultase. Si Orerot le veía allí se olería la tostada. Yo me dirigí al almacén, que era el único lugar del edificio sin ventanas, y donde habíamos almacenado cien cajas de anís Machaquito, cantidad suficiente para que ardiese todo el inmueble en minutos. Dana y Delfín esperarían en la planta baja mientras que Naima estaría oculta en el almacén por si fuese necesaria su magia. Solo quedaba esperar, y cuando Orerot entrase, poner cara de sobrecogimiento.

  • Naima, escóndete allí. –Dije señalando a las cajas donde venían los paquetes cornflakes.

  • Mis métodos de camuflaje son más sofisticados, Warren.

  • ¿Ah, sí? ¿Qué vas a hacer? ¿Esconderte en una botella de tónica y esperar a que frotemos para salir?

  • Eso son los genios, no los magos. Observa.

Naima sacó de un bolsillo de su chaqueta de piel negra un tejido que desplegó y extendió sobre ella. Al instante desapareció.

  • Está bien. Buen truco. ¿Qué más sabes hacer? ¿Sabes adivinar el futuro?

  • Eso es propio de videntes, estúpido. – Dijo una voz en alguna parte del almacén.

  • ¿Convertir el plomo en oro?

  • Eso es alquimia. ¿Quieres dejar de decir burradas?

  • ¿Hablar con los muertos?

  • Espiritistas y nicromantes. –Dijo empezando a perder la paciencia.

  • Vaya mierda de magia. Al menos podrás…

 

Una lata de té pasó rozando mi cabeza.

 

  • Basta ya. ¿Quieres centrarte?

  • Vale. Una cosa más.

  • ¡Queeee!

  • ¿Conoces ese anuncio de “Hombre transparente busca mujer invisible para hacer lo nunca visto?

 

Apenas habían transcurrido unos minutos, cuando por la puerta del almacén comenzó a filtrarse una densa humareda de la que surgió una figura. Ahí estaba Orerot.

  • ¿Cómo se ha atrevido a matar Benito? –Preguntó airado Orerot.

  • Oiga, Doré. No le consiento que me envíe paniaguados por la ventana. No se lo consiento.

  • Una persona entra volando por su ventana, otra aparece en medio de una cortina de humo y a usted no le extraña lo más mínimo. ¿Usted es imbécil, Warren?

  • No me da miedo.

  • ¿No? Ahora lo veremos.

 

Con un gesto de sus brazos, Orerot comenzó a transformarse ante mis ojos. Nunca hubiese imaginado que esas transformaciones baratas de las películas de Paul Nascy fuesen tan fieles a la realidad. El resultado fue una especie de ser gomoso con cuernos finitos y pezuñas brillantes. Un monstruo muy amanerado.

  • Ahora que contempla mi verdadero aspecto, ¿qué tiene que decir?

  • Que tiene usted más plumas que un edredón de pato.

  • Voy a ir más despacio, a ver si me entiende. Yo-soy-un-de-mo-nio.

  • Quie-ro-do-mi-nar-el-mun-do.

 

Ya iba siendo hora de acabar con Orerot.

Con disimulo, dejé caer una moneda de euro de mi bolsillo. Los ojos del demonio brillaron con codicia. Dejándose llevar por sus instintos se lanzó en busca de la moneda por el pasillo, entre cajas y cajas de té.

Disimuladamente me fui deslizando hacia la puerta. Sentí la mano de Naima en mi hombro.

Orerot seguía buscando entre las cajas.

  • Para mí que era de quinietas. Seguro que sí.

 

Naima se retiró su velo y volvió a ser visible. Hizo un gesto en dirección a Orerot. No paso nada. Naima hizo un primer gesto de extrañeza seguido de otro de comprensión. Con un nuevo gesto hizo aparecer una cuerda alrededor de los tobillos de nuestro rival.

- Normalmente ato los cordones. Pero este pedazo de hortera usa mocasines de borlitas.

Orerot se volvió hacia nosotros con rabia. Rápidamente encendí el zippo, y recordando las palabras de Coque, lo lancé hacia las cajas de anís. Esperaba que la teoría de Coque sobre que los zippos no se apagan nunca fuese cierta. Cerramos la puerta de golpe y salimos corriendo, arrastrando al llegar abajo a Delfín y a Dana. Apenas habíamos sobrepasado la verja cuando se oyó una explosión y una columna de fuego se proyectó desde las ventanas hacia el cielo. Se formó una dulzona nube de humo anisado y supimos que Orerot había sido destruido.

De un coche allí aparcado descendieron Capmany, Craig, Sansón y Paddy. Todo juntos empezamos a entonar La Golondrina1 a modo de despedida. Delfín, desde la puerta de una cabina de teléfonos me saludó agitando su bufanda. “Adiós, brigadier”, exclamó. Después entró en la cabina con Naima y ambos desaparecieron en medio de un potente centelleo.

Dos horas después un reportero de la TVG, micrófono en mano, firmaba una brillante crónica de sucesos mientras al fondo, los bomberos se esforzaban en apagar el fuego. Con cien cajas de Machaquito tendrían trabajo hasta el amanecer. El sargento, mientras sus hombres disponían todo lo necesario, se puso a charlar conmigo.

 

  • Con lo tranquilo que estaba, oiga. Imagínese, los Simpson en la tele y una chavala con mostrador como para la lata de cerveza mientras entre trago y trago.

 

Dicho esto me echo una mano al cuello, me dio un par de palmadas en el hombro y me preguntó:

 

- ¿Quiere un chupito de licor café? Me voy a acercar a la cafetería de al lado para pedir unos para los chavales. Venga, tómese uno. Si m da un pitillo le invito.

 

CAPÍTULO XXVI

F DE “FINAL PARA MAURICIO”

 

Después de dejar a la señora Tao en la puerta del asilo en que pasaría el resto de sus días, me dirigí a recoger a Sibila. Cuando llegué a su casa ella esperaba ya en el portal, resguardándose de la lluvia, envuelta en el largo abrigo marrón con el que la había visto el primer día, cuando entró en mi bar. Su pelo, suelto sobre sus hombros, era sencillamente espectacular.

Nos dirigimos a un pueblo costero, donde Sibila había alquilado una casa para el fin de semana. Llegamos cuando ya había anochecido y el viento soplaba con fuerza. No conseguí arrancar a Sibila una sola palabra sobre la sorpresa que me había prometido. Siempre me respondía con un “espera a la media noche”.

Con una botella de vino y escuchando a Johnny Hartman esperamos a la media noche. La lluvia caía con fuerza sobre el tejado.

Cuando las dos agujas señalaban las doce Sibila apagó la música y tomándome de la mano me condujo al exterior. La lluvia y el viento habían cesado. Tampoco hacía frío.

Caminamos unos quinientos metros hasta llegar a un descampado. Allí había unas piedras formando un círculo.

  • Vamos.

  • ¿Adónde?

  • ¿Confías en mí?

 

Confío en ella. Caminamos hacia el interior y unas cortinas rojas, aparecidas de la nada, se abren ante nosotros.

 

FINE

 

1 Tradicional canción mexicana. Usada en los preciosos títulos de crédito de “Grupo Salvaje” de Sam Peckimpah. Versionada por Los Panchos. Emocionante.