Su largo abrigo oscuro me impedía verla bien, así que comencé a seguirla. Pero la misteriosa amante del jazz realizó un par de rápidas fintas en la sección de menaje que harían palidecer al mítico Onésimo1 y desapareció de mi vista. Volví al cajón de los compactos de oferta esperando encontrar algún ejemplar más del John Coltrane Quartet Plays... que había visto. Era demasiado bonito para ser real. Después de ojear todo el lote tuve que aceptar que se me había escapado el último. Me harte de ver compactos de Pepín Soborne cantando rancheras, de Los Tres Sudamericanos y Los Cinco Latinos, de Karina, de Raphael, de Rappel (¡joder, la carta astral! ¡El Maltés!), de Franco Napiato, de Nat King Cole en todos los idiomas menos en inglés, de Los Chicos de Fama en Vivo, de Domenico Modugno, Renato Carosone, Albano y Romina, de Manowar, de ¡Goyo Gonzalez!, de María José y su Acordeón, de María José por un lado y del Acordeón en solitario…todo menos aquel clásico del jazz que incluía la mas asombrosa versión de la canción del deshollinador de Mary Poppins.
Aún podíamos arreglar el día con una lata de Earl Grey, a mayores más barato que en ningún otro establecimiento de la ciudad. Cogí mi cesta y me dirigí a la sección de infusiones. Estaba a unos veinte metros de la sección de tés cuando divisé entre aquel mar de latas violetas de Darjeeling una lata color arena de Earl Grey. Dejé la cesta en el suelo, tomé carrerilla y salte en una perfecta parábola sobre la lata como el recordado Neri Alberto Pumpido2 saltaba sobre el cualquier balón que llegase a su área.
Me encontraba suspendido en el aire en pleno grito triunfal cuando nuevamente un pequeño guante cogió la lata de Earl Grey y desapareció en dirección a la sección de congelados. Aterricé en la estantería de los tés en medio de un fastuoso estruendo. Como un Juan Valdés de pacotilla, mi cabeza apareció al otro lado de la estantería, entre la repostería portuguesa y los chocolates Elgorriaga.
Aquello era indigno para alguien como yo. Debía encontrar a la misteriosa teinófíla amante del jazz y jugarle una de las suyas.
La encontré en la sección de congelados. Moviéndome sigilosamente, como Caine sobre el papel de arroz en el templo, me situé en paralelo a ella. Era una chica joven, diría que de poco más de veinte años, piel de porcelana, pelo largo oscuro, morritos hipnóticos y rictus de frialdad y suficiencia. Estaba a punto de echar mano a una bolsa de gambas congeladas peladas, y ese era mi momento. Nuevamente tomé carrerilla y en un salto digno del gran Ubaldo Fillol3 me lancé sobre la bolsa.
Una patada en el estómago me mando al arcón de los helados. Antes de haberme dado cuenta de lo que había pasado, oí un ¡click! al lado de mi oído izquierdo. Levanté mi cara cubierta de corte tres sabores Camy y vi que la chica empuñaba un 38.
-
Bien, capullo, ¿Quieres devolverme mis gambas…?
-
Entra aquí a por ellas, esto está fresquito.
Con la mano del revolver me dio un golpe en el pómulo.
-
Mis gambas.
-
Si las quieres, cógelas.
Esta vez no pudo alcanzarme con su puño. En una maniobra tan efectiva como poco ortodoxa agarré su brazo y la introduje en el arcón de los helados. En seguida me vi sorprendido por un rostro perfecto y un desbordante busto.
Dime quien es tu ginecólogo que le chupo los dedos.
Con perdón.
Había inmobilizado la mano del revolver haciendo presa en su delicada muñeca. Apenas hice un pequeño movimiento cuando ella misma soltó el arma. Cruzamos nuestras miradas y allí mismo, entre cajas de Drácula y de Twister, saltó la chispa.
Fue entonces cuando una cuadrilla de vigilantes de seguridad nos cogió en vilo y nos puso en la calle, en medio de una verbena popular que decaer a la espera de la llegada de las orquestas. Un buscapiés que comenzó a explotar a nuestro lado acabó por destrozar la magia del momento.
Un poco más calmados, nos pusimos en pie y comenzamos a hablar.
-
Creo que es un buen momento para presentarnos. Mi nombre es Warren.
-
Yo me llamo Dana.
-
¿Scully?
-
¡Vaya! Tenemos un ocurrente.
-
Perdón.
-
¿Estás bien? ¿Te hice daño en el pómulo? –Preguntó.
-
Nada irreparable. Aunque estamos cubiertos de helado.
-
Sí. ¿Sabes si hay por aquí alguna tintorería?
-
Hay algo mejor. Mi casa está a cinco minutos, aunque te advierto que quizás haya dentro alguien esperando para pegarme un tiro. ¡No, no lo hay! Irán al Plunch esta noche.
-
Oye, ¿con esas tonterías es como sueles intentar impresionar a las mujeres?
-
No son tonterías. Nos cambiamos, te invito a un lapsang y te cuento mi historia. Y al acabar, me gustaría conocer la tuya. Una chica que va a la compra con un 38 siempre siempre es atractiva, pero estos días además puede resultar tremendamente útil.
-
¿Útil?
-
Ya te explicaré.
Unos minutos más tarde, en la terraza de mi casa, ya cambiados. Ella con unos viejos vaqueros Lee y una de mis camisas blancas que dejaba entrever su sujetador negro. Bonita combinación. Sólo lo supera la lencería femenina con personajes clásicos de animación. Preparé un par de tazas largas de lapsang y puse a Dana al día de los extraños sucesos de los últimos dias hasta llegar a lo de aquella misma tarde en el Plunch.
-
¡Vaya! – Dijo Dana algo sorprendida. - ¡Esto si que no me lo esperaba!
-
¿Y que hay de ti?
-
¿De mí?
-
Exacto. ¿Cómo es que vas armada y golpeas tan fuerte?
-
Por mis compañeros. Estudio Derecho Económico. Más vale no confiarse.
-
¿Estudias Derecho Económico? ¡Qué casualidad! Yo comencé ahí. Después me di un baño con detergente y me matriculé en criminología. Pero esa es otra historia.
-
¿Me tomas el pelo?
-
Hablo en serio. ¿Os dio clase el mítico Chinto?
-
Pues es verdad, el profesor de Administrativo. Se reparte las clases con el Desabrochado de Luxe.
-
¡Eh! Ese apodo lo inventé yo.
-
¿Tú?
-
Palabra.
-
Pues es yo le hubiese llamado el imbécil, a secas.
-
Sí.
-
¿Algún apodo más de tu cosecha que pueda conocer?
-
Ceregumil, Fanfarrias, La Jamona, Equisdós, Chilindrina, el Bebé con Puro…
Ella rió. Aunque le faltasen tres centímetros de cuello y sus incisivos estuviesen levemente montados sobre los premolares, era una de esas mujeres gallegas que combinan unos innegable belleza con un físico capaz de soportar un eventual retorno a una economía de subsistencia, arando campos, recolectando patatas y cargando con un buen haz de leña.
-
Warren, ¿cuantos años tienes? - Preguntó devolviéndome a la realidad.
-
Veintiocho.
-
Entonces debes ser de la primera o la segunda promoción.
-
La segunda. Déjame poner la ropa en la secadora. Será mejor que nos eternicemos aquí.
Me preguntaba si habría alguna manera de enredarla en este asunto. Con un cañón así no se hubiese perdido Filipinas. Sabía que no podía dejarla escapar. Tarde o temprano la puñetera carta astral me sería favorable. Era ley de vida. Estaba intentando inventar una excusa para embaucar a Dana cuando ella misma se ofreció a ayudarme:
-
¿Warren?
-
Dime.
-
Estaba pensando… ¿me dejarías ayudarte?
-
¡¿Qué?!
-
Quiero ayudarte a acabar con Pin-Pin.
-
¿Pero por qué?
-
Esto es…algo personal. Verás. Ocurrió hace ya tiempo. Era mi octavo cumpleaños, y mis padres decidieron sorprenderme. Organizaron una fiesta, invitaron a todos mis amigos, y contrataron a un payaso para que amenizara la fiesta. Todo era como un sueño, nos estábamos divirtiendo como nunca y entonces apareció él.
-
Pin-Pin.
-
Sí.
-
¿Y qué ocurrió?
-
Pin-Pin aprovechaba cualquier momento de distracción para echar un trago de su petaca. Cuando mis padres bajaron al trastero a buscar mi regalo, empezó a asustarnos con cuentos de presos políticos y cuando a un niño se le cayó un cuenco de palomitas al suelo se enfadó y dijo que lo recogiéramos las niñas que para eso estábamos y empezó a gritar y…
-
Vale, vale, tranquila. –Dana se había encendido y parecía estar en una especie de regresión chunga como Liv Ullman en Cara a Cara, de Bergman. -¿Estás tranquila?
-
Lo estoy.
-
Vale. Te agradezco que te ofrezcas a ayudarme.
-
¿Quieres decir que puedo acompañarte? No me vas a venir con historias de que soy una mujer y te sentirías en la obligación de protegerme…
-
Las mujeres tenéis tanto derecho o más a recibir un tiro. En cuanto a lo de cubrirte no lo consideraré una obligación sino mero placer.
-
Gracias. ¡Eh!¡Un momento!
-
Es brooooma...
Recogía alguno me mis efectos personales (todos y cada uno de mis numerosos compactos de Coltrane, mis libros de Boris Vian y mi camiseta autografiada por Tomás, un gran interior izquierdo que el Celta tuvo elhonor de infrautilizar), comprendí que no podía ir cargando con todo aquello, me quedé con lo imprescindible, programé el video para que grabase Quiero la Cabeza de Alfredo García, y salí del edificio en compañía de Dana, nuevamente en dirección al Escampo.
Mientras atravesábamos la marabunta, un fantasma del pasado emergió en forma de un energúmeno borracho al que en un principio me costó identificar, pero en el que acabé por reconocer los envilecidos restos de Manolito Pouse, el que fuera durante más de una década matón de mi colegio.
-
Compañero. – Empezó su particular disertación, remarcando todas sus frases con una carraca de juguete desde cuyo interior un pequeño mono de plástico contemplaba el mundo con expresión de asombro y la mano en la entrepierna. – En esta hora feliz del holocastro en el que todos nos vemos igualados por las llamas del fin del mundo, ¡hics!, en que los ricos ven como sus entalayas se resquemoran y los pobres sienten que la gusticia güega a su favor. Digo… en esta hora en que los temerosos de Dios hacemos acto de contracción, reclinamos la cabeza en señal de temor al Altísimo. En esta hora en que el Can Cebrero nos acecha en los bosques y las mujeres se echan la manta a la cabeza escondiéndose del pecado, en esta hora en que los viejos amigos se reencuentran para dimitir sus diferencias…
-
Manolito.
-
¿Qué?
-
Ahora no, Manolito.
-
Vale.
Manolito, tal como dijo esto, se aferró a un tipo que caminaba tranquilamente con un algodón de azúcar en la mano.
-
Compañero, en esta hora feliz del holocastro…
En primer lugar nos dirigimos al aparcamiento para recuperar el coche y guardar en el maletero las cosas que había recogido en casa. Debía buscar algún lugar en la calle, cerca del Escampo para aparcar, antes de que cerrasen.
-
¿Este es tu coche?
-
Sí. Este es mi Stingray.
-
Oh, claro...
-
¿Y eso qué significa?.
-
¡Freud! ¡Freud! - Dijo fingiendo un ataque de tos.
Que salada ella.
1 Futbolista español de los años ochenta y noventa. Jugó en el Valladolid, Barcelona, Cádiz, Rayo Vallecano y Sevilla antes de acabar su carrera en 2ªB. Fino extremo, muy hábil con el balón en los pies, muy irregular. Una buena razón para ver el fútbol por televisión.
2 Mítico portero argentino de los setenta y los ochenta.
3 Lo mismo que en la anterior nota.

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