Audiolibro Así mueren los Payasos 2
Sigue la segunda entrega del audiolibro.
2 Enero 2010
24 Octubre 2009
Primera parte del audiolibro de Así mueren los Payasos. Número de registro 03/2005/888
1 Marzo 2009
Unos golpecitos en una de las ventanas del despacho nos sobresaltaron. Allí estaba Benito, de pie en el poyete, con sus sempiternos calsetines blancos, señalando de modo repetitivo la cerradura de la ventana.
Abrimos ésta y Benito entró dando un salto.
Le advierto, Warren, que está cometiendo una tontería. Tiene una última oportunidad.
Ha entrado volando por la ventana. –Dije dirigiéndome a Delfín y Naima en busca de un poco de luz. - ¿Es un vampiro?
No creo. –Contestaron al unísono.
¿Un demonio?
Podría ser.
¿Y se les puede matar?
Según especies. Pruebe a dispararle, a ver que pasa.
Tres balazos y Benito cayó como un inarticulado guiñapo. La sangre que comenzó a manar tiño de rojo sus níveos escarpines.
No. No era un demonio. Los demonios no sangran. – Dijo Naima.
¿Y cómo entró por la ventana? –Preguntó Dana.
¿Quizás una escalera?
No. – Dije tras asomarme. –Aquí no hay escaleras ni cuerdas.
¿Algún cable?
Nada.
Igual era cosa de Orerot.
Seguramente.
Era momento de que Delfín se ocultase. Si Orerot le veía allí se olería la tostada. Yo me dirigí al almacén, que era el único lugar del edificio sin ventanas, y donde habíamos almacenado cien cajas de anís Machaquito, cantidad suficiente para que ardiese todo el inmueble en minutos. Dana y Delfín esperarían en la planta baja mientras que Naima estaría oculta en el almacén por si fuese necesaria su magia. Solo quedaba esperar, y cuando Orerot entrase, poner cara de sobrecogimiento.
Naima, escóndete allí. –Dije señalando a las cajas donde venían los paquetes cornflakes.
Mis métodos de camuflaje son más sofisticados, Warren.
¿Ah, sí? ¿Qué vas a hacer? ¿Esconderte en una botella de tónica y esperar a que frotemos para salir?
Eso son los genios, no los magos. Observa.
Naima sacó de un bolsillo de su chaqueta de piel negra un tejido que desplegó y extendió sobre ella. Al instante desapareció.
Está bien. Buen truco. ¿Qué más sabes hacer? ¿Sabes adivinar el futuro?
Eso es propio de videntes, estúpido. – Dijo una voz en alguna parte del almacén.
¿Convertir el plomo en oro?
Eso es alquimia. ¿Quieres dejar de decir burradas?
¿Hablar con los muertos?
Espiritistas y nicromantes. –Dijo empezando a perder la paciencia.
Vaya mierda de magia. Al menos podrás…
Una lata de té pasó rozando mi cabeza.
Basta ya. ¿Quieres centrarte?
Vale. Una cosa más.
¡Queeee!
¿Conoces ese anuncio de “Hombre transparente busca mujer invisible para hacer lo nunca visto?
Apenas habían transcurrido unos minutos, cuando por la puerta del almacén comenzó a filtrarse una densa humareda de la que surgió una figura. Ahí estaba Orerot.
¿Cómo se ha atrevido a matar Benito? –Preguntó airado Orerot.
Oiga, Doré. No le consiento que me envíe paniaguados por la ventana. No se lo consiento.
Una persona entra volando por su ventana, otra aparece en medio de una cortina de humo y a usted no le extraña lo más mínimo. ¿Usted es imbécil, Warren?
No me da miedo.
¿No? Ahora lo veremos.
Con un gesto de sus brazos, Orerot comenzó a transformarse ante mis ojos. Nunca hubiese imaginado que esas transformaciones baratas de las películas de Paul Nascy fuesen tan fieles a la realidad. El resultado fue una especie de ser gomoso con cuernos finitos y pezuñas brillantes. Un monstruo muy amanerado.
Ahora que contempla mi verdadero aspecto, ¿qué tiene que decir?
Que tiene usted más plumas que un edredón de pato.
Voy a ir más despacio, a ver si me entiende. Yo-soy-un-de-mo-nio.
…
Quie-ro-do-mi-nar-el-mun-do.
Ya iba siendo hora de acabar con Orerot.
Con disimulo, dejé caer una moneda de euro de mi bolsillo. Los ojos del demonio brillaron con codicia. Dejándose llevar por sus instintos se lanzó en busca de la moneda por el pasillo, entre cajas y cajas de té.
Disimuladamente me fui deslizando hacia la puerta. Sentí la mano de Naima en mi hombro.
Orerot seguía buscando entre las cajas.
Para mí que era de quinietas. Seguro que sí.
Naima se retiró su velo y volvió a ser visible. Hizo un gesto en dirección a Orerot. No paso nada. Naima hizo un primer gesto de extrañeza seguido de otro de comprensión. Con un nuevo gesto hizo aparecer una cuerda alrededor de los tobillos de nuestro rival.
- Normalmente ato los cordones. Pero este pedazo de hortera usa mocasines de borlitas.
Orerot se volvió hacia nosotros con rabia. Rápidamente encendí el zippo, y recordando las palabras de Coque, lo lancé hacia las cajas de anís. Esperaba que la teoría de Coque sobre que los zippos no se apagan nunca fuese cierta. Cerramos la puerta de golpe y salimos corriendo, arrastrando al llegar abajo a Delfín y a Dana. Apenas habíamos sobrepasado la verja cuando se oyó una explosión y una columna de fuego se proyectó desde las ventanas hacia el cielo. Se formó una dulzona nube de humo anisado y supimos que Orerot había sido destruido.
De un coche allí aparcado descendieron Capmany, Craig, Sansón y Paddy. Todo juntos empezamos a entonar La Golondrina1 a modo de despedida. Delfín, desde la puerta de una cabina de teléfonos me saludó agitando su bufanda. “Adiós, brigadier”, exclamó. Después entró en la cabina con Naima y ambos desaparecieron en medio de un potente centelleo.
Dos horas después un reportero de la TVG, micrófono en mano, firmaba una brillante crónica de sucesos mientras al fondo, los bomberos se esforzaban en apagar el fuego. Con cien cajas de Machaquito tendrían trabajo hasta el amanecer. El sargento, mientras sus hombres disponían todo lo necesario, se puso a charlar conmigo.
Con lo tranquilo que estaba, oiga. Imagínese, los Simpson en la tele y una chavala con mostrador como para la lata de cerveza mientras entre trago y trago.
Dicho esto me echo una mano al cuello, me dio un par de palmadas en el hombro y me preguntó:
- ¿Quiere un chupito de licor café? Me voy a acercar a la cafetería de al lado para pedir unos para los chavales. Venga, tómese uno. Si m da un pitillo le invito.
CAPÍTULO XXVI
F DE “FINAL PARA MAURICIO”
Después de dejar a la señora Tao en la puerta del asilo en que pasaría el resto de sus días, me dirigí a recoger a Sibila. Cuando llegué a su casa ella esperaba ya en el portal, resguardándose de la lluvia, envuelta en el largo abrigo marrón con el que la había visto el primer día, cuando entró en mi bar. Su pelo, suelto sobre sus hombros, era sencillamente espectacular.
Nos dirigimos a un pueblo costero, donde Sibila había alquilado una casa para el fin de semana. Llegamos cuando ya había anochecido y el viento soplaba con fuerza. No conseguí arrancar a Sibila una sola palabra sobre la sorpresa que me había prometido. Siempre me respondía con un “espera a la media noche”.
Con una botella de vino y escuchando a Johnny Hartman esperamos a la media noche. La lluvia caía con fuerza sobre el tejado.
Cuando las dos agujas señalaban las doce Sibila apagó la música y tomándome de la mano me condujo al exterior. La lluvia y el viento habían cesado. Tampoco hacía frío.
Caminamos unos quinientos metros hasta llegar a un descampado. Allí había unas piedras formando un círculo.
Vamos.
¿Adónde?
¿Confías en mí?
Confío en ella. Caminamos hacia el interior y unas cortinas rojas, aparecidas de la nada, se abren ante nosotros.
FINE
1 Tradicional canción mexicana. Usada en los preciosos títulos de crédito de “Grupo Salvaje” de Sam Peckimpah. Versionada por Los Panchos. Emocionante.
1 Marzo 2009
CAPÍTULO XXIV
¡JO, QUE VELADA!
Mi primera decisión fue esperar hasta el final de aquella noche para empezar a preguntarme cómo podía ser posible que una anciana dirigiese mi vida de aquella forma. Ya que debía llevar a cenar a Mabel Lozano, intentaría hacer la velada lo más llevadera posible.
Terminé de anudarme la corbata y volví al salón. Coincidiendo con mi entrada, se apagaron los cuchicheos entre la señora Tao y Mabel. Aquello me gustaba menos que el programa de Ana Rosa Quintana.
La reserva de mesa está hecha en Restaurante Txopito. – Dijo la señora Mao. Tú llevas Mabel antes de que sea más tarde.
La señora Tao nos arrastró hasta la puerta. Cuando nos despidió con lágrimas en los ojos comprendí que debía cortar aquello antes de que la situación se me escapase de las manos.
Siento todas las molestias que le está ocasionando la señora Tao. –Dije una vez nos encontramos en mi coche.
¿Molestias? –Replicó Mabel- En absoluto. Y por favor, Mao, tutéame.
Bien, pero no me digas que no son molestias. Tantas cartas a lo largo de los últimos meses, y ahora… ¿cómo es posible que hayas venido hasta Vigo?
Bueno. Al principio no pensaba responder a sus cartas, pero…bueno, la vida da muchas vueltas y la señora Tao ponía tanto amor en sus cartas, hablaba con tanto cariño de ti, que después de una relación con un mal final decidí pasarme por Vigo para conocer a aquel hombre del que tanto había leído en los últimos meses.
¿Qué? –Pregunté congelado.
Sé que me estoy comportando como una colegiala, pero…Mauricio, no sabes cuantas noches he soñado contigo. –Mabel se inclinó hacia mí y besó suavemente mi mejilla.
Mientras todo aquello sucedía olvidé mirar los semáforos y a mi paso se oyó el chirriar de varios vehículos deteniéndose violentamente.
Sentados a la mesa del restaurante seguí oyendo como aquella mujer, para que vamos a negarlo, tan atractiva y tan alta, desgranaba una serie de fantasías tan descabelladamente románticas que empezaba a temer por mi vida.
Poco a poco se animaba, en parte gracias al tinto del Penedés con que acompañábamos la cena.
Y en cuanto finalice mi contrato como presentadora de La Gala del Sábado, puedo venirme a vivir a Vigo. ¿Te imaginas que felices seríamos? Pienso cambiarme mi nombre. ¿Que te parece el nombre de Gong Jing? Tendríamos siete hijos Mao, Chan, Fang, Sang, Deng, Ping y Gong. Yo sería una buena esposa, atenta y paciente. Estoy harta de este estilo de vida tan vacuo. Lo que yo necesito es un buen hombre y lo que tú necesitas es una buena mujer. Ya me ha dicho la señora Tao que te estás viendo con una pelirroja. Mal, Mauricio. No renuncies a tus orígenes. Creo que debes hacer algo por tu vida y debes hacerlo ya. Casémonos Mauricio. Casémonos ahora.
Mabel se levantó de la silla y exclamó ante mi estupor:
¿Hay algún sacerdote en el restaurante? ¿Podría alguno de ustedes oficiar una boda ahora mismo?
Yo estaba tan aturdido que no era capaz de reaccionar. Un hombre de unos cuarenta años se levantó y sacando un alzacuello de sus bolsillos dijo:
Nunca es mal momento para tan importante ceremonia. Acérquense los novios. ¿Tienen ustedes padrinos? ¿No? No importa. ¿Algún comensal desea desempeñar esos papeles? ¡Ah, bien! Veo que hay ya candidatos.
Una pareja que ocupaba una mesa cercana se levanto. Mabel aferró mi brazo y me arrastró a presencia del sacerdote.
En ese momento me zafé de su presa con un brusco movimiento y me encaramé a una mesa, desesperado como el protagonista de una película de zombis, mientras los ocupantes del restaurante se arremolinaban en torno a mí, animándome a dar el paso.
Vamos, hombre, no sea usted cobarde. ¿Donde va a encontrar otra chica igual, alma de cántaro?
Yo llevo casado veinte años y la quiero como el primer día.
Además desgrava a Hacienda.
¿Por qué todos los hombres son iguales?
El corazón me latía a casi doscientas pulsaciones por minuto. Notaba el sudor resbalando por mi cara y sentía como si los ojos fuesen a dispararse e sus órbitas.
A mis espaldas, alguien levantó la mesa hasta desequilibrarme y hacerme caer al suelo. Estaba a punto de gritar cuando Mabel apareció acompañada de la señora Tao y armada con un gigantesco ramo de flores. Se agachó, sonriente como siempre, y dijo:
- Sonríe a la cámara, Mauricio. Es para el programa “No Sea Usted Inocente, Pardillo”
CAPÍTULO XXV
F DE FINAL
Las cabezas cortadas y clavadas en picotas a ambos lados del pasillo eran signo inequívoco de que me acercaba al despacho de Capmany. De manera inconsciente me eché la mano al cuello.
Al entrar en el que había sido mi despacho hasta hacía bien poco aprecié unos cuantos cambios. Una reproducción del cuadro “Saturno devorando a su hijo”1 presidía la sala, ahora forrada de madera oscura y con tapizados en piel. Campany esperaba sentado en su butaca, vestido de pies a cabeza con colores oscuros y acariciando un gato mientras me miraba.
Habla. – Dijo cortantemente.
Te vas a reír…je,je…
…
¿Crees en los demonios?
Capmany, sin dejar de mirarme, depositó al gato sobre el suelo de madera. El animal se dirigió a paso ligero hacia un sofá y, haciéndose un ovillo negro del que sólo destacaban unos profundos ojos amarillos, se refugió bajo el mueble.
Verás. –Continué - El nuevo alcalde de Vigo es un demonio y, con la ayuda de Isauro Delfín, quien en realidad es un cabalista, y de un estudioso del tema de Port Vale creemos que tenemos la fórmula para acabar con este demonio, que se llama Orerot-Námira. Sólo necesitamos destruir el Compra Mágica. Estarás de acuerdo en que no se puede comparar la salvación del mundo con…
El puñetazo de Capmany sobre la mesa hizo que cayese al suelo un cenicero de cristal, derramándose la ceniza por el suelo.
No.
Pero…
Un nuevo puñetazo hizo que el gato huyese espantado por la ventana.
He dicho que no.
Tuve que apelar a toda su compresión y a una cuantiosa indemnización para que aceptase. Finalmente, obtuve su aprobación como administrador único para que el Compra Mágica ardiese como un borracho enganchado por un toro embolao en los encierros de Sanlucar la Pitigoloriosa. Como el seguro no cubriese temas relacionados con lo sobrenatural las íbamos a pasar putas.
Craig y Sansón, los otros socios, no opusieron tanta resistencia. En especial Sansón, quien nunca había sido una gran partidario de este negocio. A fin de cuentas ellos eran escritores y no comerciantes. Para ellos, este final para el supermercado no era más que una fuente de inspiración. Esperarían con la lira en la mano para ver consumirse el Compra Mágica.
Solucionado todo el tema administrativo, me dirigí al hotel. Debía preparar una estrategia. Un buen engaño, para que Orerot-Námira entrase en el Compra Mágica y no saliese más que como un montoncito de ceniza.
Te esperan en el comedor privado. –Dijo Moha al verme.
¿Quién? –Pregunté extrañado.
Dana, el tipo de la bufanda y otra mujer.
¿Otra mujer?
Y qué mujer, por cierto.
Intrigado, me dirigí al comedor. Vi a Dana y a Delfín sentados a una mesa, frente a una tercera persona, de quien solo podía ver una larga mata de pelo oscuro.
Delfín, nada más verme, se puso en pie y se dirigió hacia mí con impaciencia, arrastrando no sólo su bufanda de colores sino también a una atractiva Pocahontas, delgada y de mirada severa, vestida de negro.
Esta es Naima. La conocí en un retiro espiritual en el Sahara.
¿Este es quien debe acabar con Orerot? –Preguntó con un punto de menosprecio que no me gustó en absoluto.
Ha venido a Vigo por que nos puede resultar de ayuda. –Continuó hablando Delfín.
¿De ayuda? ¿Cómo?
Soy mago. –Dijo Naima.
¿Mago? ¿Como David Coppertone? –Dije devolviendo la afrenta.
No. – Naima puso cara de pocos amigos. –Coppertone es ilusionista, yo hago magia.
Pero el truco de escaparse de las cadenas…
¡Te digo que es ilusionista!
¿Qué más da?
¡No es lo mismo!
Cuando la conversación comenzaba a tomar un cariz poco aconsejable cuando se está a punto de luchar contra un demonio intervino Delfín.
-¿Podrías enseñarnos el supermercado? Quizás se nos ocurra algo sobre el terreno.
Así que no subimos todos al Kadett y nos dirigimos al Compra Mágica, mientras por los altavoces sonaba la música de Otis Redding. The Boston Monkey.
El coche era lento y ruidoso, pero empezaba a encontrarle el punto. Debía reconocer que era un coche muy Warren. Debería preguntar en el taller si se le podía colocar el diesel de inyección directa del Astra. Sí. Se llamaría el Gran Bastardo y tendría un volante de madera. Y asientos en piel. Y una llantas de quince pulgadas. Y…y una multa por saltarme un semáforo en rojo mientras pensaba en estas tonterías.
Mientras estudiábamos el terreno aproveché para hacer una pequeña compra; por supuesto, en el nivel superior del Compra Mágica. Hacía tiempo que no preparaba un buen revuelto de gambas, así que me pasé por la sección de congelados. Allí vi que Capmany había ampliado la oferta con unos gambones camboyanos que tenían un aspecto francamente bueno. En el pasillo de las infusiones pasó algo curioso. Dana y yo echamos mano al mismo tiempo de una lata de Earl Grey. Exactamente igual que el día en que nos conocimos, unos meses atrás, en el Escampo.
Por un momento nos pasó por la cabeza buscar el arcón de los helados, pero estábamos allí por un cometido. Acabar con Orerot. Por otra parte, todo aquello estaba a punto de arder.
A la hora del cierre Capmany recogió sus objetos personales y nos deseó suerte. Quedaba una hora para que Delfín y Naima se pasasen por aquí, y aproximadamente hora y media para que el supermercado que con tanta ilusión había dirigido fuese borrado del mapa como un programa de Belinda Washington.
Dana y yo fuimos haciendo tiempo en la sección de los helados, en uno de los momentos más tórridos que habíamos vivido gracias al excepcional helado de pistacho Leader Buy.
A las diez en punto aparecieron Delfín y Naima. Estaba a punto de abriles la puerta cuando Dana me detuvo.
Tienes un poco de helado en una oreja, Warren.
¿En cual?
En esta. – Dijo aferrándose a mí sin ninguna decencia y chupeteándome el pabellón auditivo derecho de un modo que estuve a punto de dejar en la calle a nuestros aliados.
El primer punto en la estrategia consistía en llamar a Orerot.
Benito, soy Warren, pásame con el alcalde.
…
¿Sí? – respondió una voz.
Oiga Doré, creo que no es usted más que un mamarracho y no me da miedo. A partir de mañana pienso ir a por usted.
Colgué sin esperar respuesta.
Como habíamos imaginado, no tardó mucho en enviar un emisario. Lo que no nos esperábamos es que este apareciese del modo que lo hizo.
1 De Goya. Casi me avergüenza tener que explicarlo.
1 Marzo 2009
CAPÍTULO XXIII
CONTRA EL IMPERIO DEL MAL
Mientras se anunciaba la inminente llegada a Peinador, repasé por última vez las instrucciones de Lucendo. En primer lugar debía ponerme en contacto con Isauro Delfín. Era quien conocía mejor a Orerot-Námira, y quien podría darme la clave para destruirle. Para ello me entregó un objeto que me permitiría identificarme. Una cinta de Ríos de Gloria, de esas que se compran en las gasolineras, titulada “Amarte asín es tener un fibroma en los adentros”
Una de las cosas que Lucendo recalcó, muy a mi pesar, con mayor insistencia era la necesidad de destruir el supermercado. Siendo Loureiro un pelele en manos de Orerot-Námira, quien le había facilitado las riquezas suficientes para llevar a cabo su plan, la existencia del Compra Mágica era un lazo que me unía a Orerot-Námira, una servidumbre. Era así como los demonios nos derrotaban. Debilitaban nuestra fortaleza mediante estos vínculos parasitarios y se introducían en nosotros con los mismos terribles efectos que la canción “Probe Miguel”. Estaba acojonado pensando como explicarle a Capmany que debía destruir el supermercado. Casi me daba más miedo que el propio Orerot-Námira.
Tras aterrizar y recoger mi maleta me dirigía al aparcamiento a recoger mi Cx cuando sonó el móvil. Una voz, creo que la de Benito, dijo:
¿Ha tomado una decisión, Warren? - Orerot-Námira, como si fuese Trappatoni1, me había fijado un marcaje al hombre.
Creo que no me queda más remedio que colaborar. –Dije.
Le voy a dar una advertencia por si pretende traicionarnos.
Acto seguido colgó. No tuve tiempo de intentar entender sus palabras.Una súbita llamarada envolvió mi Cx Stingray. Antes de que los bomberos hiciesen acto de presencia, en la plaza de aparcamiento no quedaba más que un calcinado armazón metálico. Las doce horas siguientes están borrosas.
Empecé a recuperarme sentado en mi sofá mientras Dana me hacía beber una tila.
A la mañana siguiente me pasé por el taller de la calle Loriga. Allí me esperaba otra sorpresa. Néstor, el dueño, me explicó:
He hablado con el seguro. Efectivamente, hay una cláusula en tu seguro en la que se comprometen a facilitarte un automóvil similar, pero se escudan en una redacción poco clara y no piensan comprarte otro Cx, dicen que su precio de mercado es muy superior a su valor, así que te han dejado eso. –Dijo señalando a un oscuro rincón del taller en el que una forma incierta se ocultaba bajo una tela.
¿Qué es “eso”? –Pregunté inquieto.
Un Kadett diesel.
¿Qué? –Pregunté impotente.
Vamos, consuélate pensando que también es gris.
Y allí estaba, de camino a Triacastela, conduciendo aquel aburrido compacto diesel. Lejos quedaba la elegante solemnidad de mi Cx. Su depurada línea reminiscente de un sereno escualo. Su poderoso motor, que si bien no era especialmente potente, sí permitía un desahogo en la conducción que aquel esforzado automóvil alemán no podía concebir. Por qué no decirlo, su singularidad. Su originalidad. El único consuelo era que a mi lado iba Dana, esforzándose por lograr que me sintiese mejor.
Después de un viaje agotador (cuanto más triste estaba yo más mimosona estaba ella), llegamos a Triacastela. Sin detenernos en el pueblo, nos dirigimos a la iglesia en la que se refugiaba Delfín. Aparcamos el espartano Opel y descendimos. Tal y como me había contado Dana, la iglesia estaba cubierta por la hiedra y la publicidad de la Alianza Ruiz-Mateos. Era un lugar escalofriante.
La puerta, lenta, pesada y chirriante, se abrió permitiendo entrar la claridad que los angostos ventanucos negaban al recinto. De pie, ante un atril en el que reposaba un gran libro de tapas rojas, Delfín nos observó unos instantes, para a continuación tomar la palabra:
¿Qué buscáis en esta mi morada? ¿Por que interrumpís mi lectura del Libro Rojo?
Déjese de sandeces. – Dije. – Ese no es el Libro Rojo y usted no es laborista. Hemos venido a Triacastela para que nos ayude a vencer a Orerot-Námira.
Al oír este nombre, Delfín retrocedió un paso.
¿Quiénes sois? Yo no conozco a nadie con ese nombre. ¿Es esto una broma?
He hablado con Albino Lucendo, de Port Vale. Él me dijo que usted es la persona que me puede prestar mejor ayuda. Yo soy lo que Lucendo calificaba como un antagonista en el orden de las cosas, o algo por el estilo.
Ya veo. ¿Y por qué debería creerle?
Extraje la cinta de Ríos de Gloria del bolsillo y la deposité en su mano. Delfín la examino con detenimiento y finalmente asintió aliviado y me estrechó la mano.
Magnífico. Con esto ya tengo toda su discografía. Espérenme aquí que enseguida estoy con ustedes.
Delfín desapareció por un tétrico pasillo lateral, para aparecer cinco minutos después como el Doctor Who de séptima generación, vestido con un amplio y ajado abrigo de lana y una kilométrica bufanda de colores. Bajo su brazo derecho portaba una carpeta de la que sobresalían unos papeles amarillentos.
Amigos… - Dijo Delfín. –pongámonos en movimiento.
Si lento y tedioso había resultado el camino hasta Triacastela (salvo por los arrebatos concupiscentes de Dana), el regreso resultó todavía más inclemente.
Delfín se empeñó en que escuchásemos algunas de sus cintas de Ríos de Gloria. Al llegar a Mondoñedo, donde nuestra paciencia llegó a su límite, y pese a sus protestas, puse una de mis cintas de carretera. No pensaba aguantar más estrofas como:
“…arrejúntate miamor/
Que me muero por la calor/
Que siento entre tus brazos/
Me mojo con tus abrazos”
Como decía, al llegar a Mondoñedo, Dana y yo no sentíamos como Carlito Brigante en la Gran Estación Central, así que sin más contemplaciones retiramos la cinta de Delfín y la arrojamos por la ventanilla para que una de mis cintas de carretera (obras maestras del pensamiento) ocupase su lugar. Going Back to my Roots siempre facilita el camino.
Los demonios como Orerot-Námira sólo pueden ser vencidos por la combinación de dos factores. El primero de ellos es, como ya conocíamos gracias a Lucendo, un sujeto al que, teleológicamente hablando, podemos considerar su contrario. Una némesis puesta por la naturaleza para, llegado el caso, frenar sus desmanes. Yo me encontraba en esa situación.
El segundo elemento es una de las cuatro fuerzas básicas o componentes de la naturaleza, es decir, aire, agua, tierra o fuego. Dependiendo de cada ser en concreto, se tratará de una de ellas. Según sus estudios, Delfín estaba casi seguro de que probablemente pudiera ser el fuego el elemento que quizás podría destruir a Orerot-Námira. No se atrevía a jurarlo.
Llegamos a Vigo a eso de las nueve y, por precaución, nos alojamos en un hotel de la zona del Arenal. Teníamos todo el día siguiente para preparar un plan para acabar con Orerot-Námira.
En Hotel Galaico-Eibarrés me encontré con Abraham Cardoso, más conocido como Moha, el cibernauta , quien ya alojaba a Paddy (pese a sus repetidos insultos etílicos) en una de sus habitaciones. Precisamente cuando entramos en el hotel Moha servía a Paddy de una botella mediada de Cardhu. Después de exponerle a grandes rasgos la situación y alojar a Delfín y a Dana, volví a recepción para tomarme una copa con ellos.
Tanto Moha como yo éramos más dados a escuchar que a perorar, así que pedimos a Paddy que nos relatase una de sus vivencias en el viejo Dublín. Sus historias de Dublín mezclaban realidad y fantasía, pero lo hacían de forma tan magistral que no nos importaban sus inexactitudes o sus manifiestas irrealidades, y estas veladas solían acabar más allá de las cinco, con la botella francamente disminuida y el embelesamiento en nuestro magín.
En esta ocasión, sin embargo, Paddy nos sorprendió revelando que su historia no versaría sobre la capital irlandesa, sino sobre una historia que le sucedió en Madrid.
HISTORIA DE PADDY Y EL BOHEMIO FELIPÍN
“Fue en tiempos de la dictablanda de Primo de Rivera padre. Encontrábame yo discutiendo sobre vanguardismo y futurismo en el Café Gijón con grandes e ilustradas molleras como las de Don Miguel de Unamuno, Max Estrella, y James Joyce cuando acercósenos un joven muchacho de aspecto desaliñado y pose extravagante. Era un estudiante de arte al que ocasionalmente invitábamos a un café y que se llamaba Felipe Lijastre. Felipín para toda nuestra generación. Pintor, poeta, fotógrafo, cronista de su época, bohemio, soñador y empleado de la Nacional de Telégrafos, Felipín era sin duda un artista incomprendido. Recuerdo unos versos suyos de inusitada y conmovedora pasión que conmovieron a los tres hermanos Machado hasta el punto de hacerles verter unas lágrimas que Perico Chicote recogió en un frasquito que…bueno, me estoy disipando.
El caso es que, al hallarnos en el trienio liberal del canciller DeValera, los artistas de vida bohemia como Felipín y yo, podíamos gozar de la noche sin más restricciones que las que nos imponían nuestros ya ancianos y poco dados a francachelas compañeros de tertulia. A las dos de la mañana dejámosles así Felipín y yo, discutiendo sobre cine de Saura y nos encaminamos al corazón de la noche madrileña.
Las violeteras nos saludaban al pasar con su lozano descaro, y las chulapas nos lanzaban besos desde los balcones de hierro engalanados con ramilletes. Nosotros agitábamos nuestras boinas de cuadros a todas aquellas mujeres, conocidas o no, con la que probablemente hubiésemos bailado un chotis en una impenetrable madrugada.
Copa a copa nuestra alegría se hacía mayor y dimos con nuestros agotados huesos en la casa de Doña Fortunata, donde casi una veintena de chicas nos recibió con tal estrépito que algunas estrellas se cayeron de la bóveda celestial.
Algunas de las muchachuelas, vestidas con alegres colores, se acercaron a nosotros con una botella de licor y unos vasos. Rodeados de aquellas lozanas zagalas filosofamos sobre todo lo terrenal y lo carnal en medio de la algarabía y la jácara de aquellas descocadas, quienes celebraban cada uno de nuestros axiomas como si fuesen la mismísima Buena Nueva.
Poco a poco nuestra conversación adquirió un tono competitivo, convirtiéndose en una lucha de ingenio, una batalla de soflamas, para ver quién era proclamado vencedor por nuestras Venus de Cuatro Caminos. Fue así como Felipín y yo nos retamos a demostrar quién era el parrandero mayor. Como primer envite, bebiose Felipín cuatro copas de Anís Las Cadenas. Bebime yo otras cinco. Así a cada bravata de Felipín respondía yo siempre con un paso más.
Reto a reto, desafío a desafío, diéronnos las doce de la noche siguiente y ninguno de los dos daba su brazo a torcer. Encontrábamosnos ideando un nuevo enfrentamiento sentados en un banco de unos jardines de Chamberí cuando ante nosotros pasó una muchachuela bien parecida. Más diría aún, era aquella tan delicada flor que podría haber saltado del más dulce poema pastoril. Eran tiempos aquellos los del general Mola en que el que una muchacha pasease sola a aquellas horas por unos jardines no tenía más que una interpretación. Hundíose Felipín al pensar en aquella pisoteada florecilla, y yo con el hundime. Abrazámonos como hermanos cuando Felipín censuró nuestra mezquindad y volvímonos a abrazar cuando me propuso conjurarnos para sacar a aquella pobre muchacha del arroyuelo. Desde ese fraternal abrazo arroje al estólido Felipín a los pies de los caballos que tiraban de la carroza de un acaudalado comerciante de organillos. Mientras Felipín agonizaba, yo dirigime a la muchacha dispuesto a ser coronado como el mayor calavera de la Villa y Corte.”
Una vez hubo acabado su historia Paddy, permanecimos los tres en silencio. Apuré mi cigarro brasileño, tomé un último sorbo de whisky y me despedí de ambos con una palmada, lo bastante relajado como para enfrentar la batalla que me esperaba.
1 Entrenador italiano, uno de los teóricos del “catenaccio”, estilo de jugar caracterizado por la subyugación del juego a la obtención de un mínimo resultado positivo. Poco vistoso para el espectáculo, pero tácticamente muy interesante.
1 Marzo 2009
Salvo por la gorrita de Só Pra Contrariar que reposaba sobre el féretro del alcalde, el resto de la ceremonia fue bastante emotiva. Ciento treinta y cuatro plañideras traídas expresamente de pueblo boliviano de Saucecachete acompañaron a la comitiva por las calles de la ciudad. Tan sólo el entierro de la sardina de mil novecientos setenta y seis había tenido un poder de convocatoria semejante, aunque había ganado en cuanto al número de travestidos.
Según el informe médico, el alcalde Loureiro había fallecido por numerosas heridas internas después de salir volando desde su ventana para ir a estamparse contra el tejado de la gerencia de urbanismo, en principio por causas naturales.
Según mi sentido común, Doré acababa de descubrirse al eliminar a Loureiro. Empezaba a sospechar firmemente que el que cortaba el bacalao en el ayuntamiento de Vigo era realmente nuestro amigo Torgue, quien marchaba al frente del cortejo fúnebre, calzando sus zapatitos de borlas negras y los calsetines blancos con banda negra en señal de duelo. Su mirada, de modo contrario a la compungida expresión de su rostro, reflejaba un goce casi demoníaco.
Pero lo que no podía entender es por que Loureiro me había mezclado en todo este asunto sobrenatural. Ya eran ganas de tocarme las mandarinas.
Recordé el papel que me había dado aquel hombre cojo cerca del club financiero. Quizás fuese buen momento para echarle otro vistazo. Rebusqué en los bolsillos de mi gabardina, uno tras otro. Escudriñé una y otra vez sin éxito. ¿Dónde podría estar?
Me pasé el resto de la tarde poniendo la casa patas arriba en busca de aquel maldito folleto. Cuando una polilla tan grande como una caja de puros Churchill salió volando del archivo comprendí que debía acometer en cuanto me fuese posible una digitalización.
Sonó el teléfono y, como anticipando lo que estaba a punto de ocurrir, su sonido me pareció más sombrío y amenazador que de costumbre:
¿Diga?
Warren, soy EL NUEVO ALCALDE. Torgue Doré. ¿Qué le dice eso?
Ehhh… ¿que los zapatos de borlas pasan a ser de uso obligatorio por la corporación?
Déjese de estupideces. Si quiere conservar su puesto va a tener que hacerlo que yo diga cuando yo diga, y con la cabecita baja. De lo contrario ya puede marcharse de la ciudad por que en ese caso no seré quien de garantizar su seguridad, ¿entendido?
Claro como el agua cristalina. Pero, entre colegas, no podrá tomarme unos días de vacaciones para pensar la oferta? Me gustaría hacer un pequeño viaje por Europa…
Está bien, todo sea por no tenerle por aquí. Pero no corra mucho, no se le vayan a caer las plumas, Warren. ¡Ja, ja, ja! Dentro de siete días quiero saber si está conmigo. Si no aparece ese día, entenderé que ha cambiado de vecindad civil.
Debía encontrar el maldito escrito del cojo. Estaba seguro de que allí podría encontrar respuestas. Durante cuatro horas ojeé todas las carpetas, todos los libros, moví los muebles, levanté las alfombras, hasta que finalmente tuve que rendirme a la evidencia de que no sería capaz de recuperar aquel papel.
Después de aquel esfuerzo estaba aturdido y me costaba pensar con claridad, así que me puse la gabardina y salí a dar un paseo, a tomar un poco el aire. Era una noche fresca, con un viento proveniente del mar, una noche de esas en que apetece un cigarro. Abrí la caja metálica para sacar un purito, y lo que encontré fue el papel que había estado buscando toda la tarde como loco. Lo había guardado precisamente allí para no perderlo.
Hace falta ser memo.
De ahí a mi llegada a Port Vale no hay ningún hecho destacable, salvo la despedida de Dana (shake it one more time, yeah, yeah, yeah), pero no es momento de hablar de ello. No me costó demasiado dar con la dirección de Lucendo. Este vivía en una casa unifamiliar cubierta de hiedra en un tranquilo barrio residencial de Port Vale. Atravesé el pequeño jardín y llamé al timbre. Tras unos segundos oí unos pasos, y un hombre alto y calvo, de unos cincuenta años, perilla canosa y gafas me abrió la puerta.
Good morning.
¿Señor Lucendo?
Sí, soy yo.
Vengo a hablarle de esto. –Le mostré el panfleto.
Le esperaba.
La biblioteca de Lucendo estaba completamente atestada de volúmenes de todas las épocas y estilos. Con un gesto me indicó que me sentase en un amplio butacón que resultó realmente confortable.
Tónica, ¿verdad?
Sí por favor. Con dos cubitos y una explicación a este misterio.
Por supuesto.
Tras alcanzarme mi bebida, Lucendo se sentó en otro butacón con un ademán artrítico.
Seguramente se pregunte el por qué de tanto secretismo.
Así es. Si dice que me conoce, no sé cual es la razón para entregarme el folleto en medio de la calle, sin decirme nada, con el peligro de que lo tirase o lo perdiese.
Si ha llegado hasta aquí es por que Orerot-Námira ha comenzado a manifestarse.
¿Quién?
Orerot-Námira. Es su teniente de alcalde Torgue Doré. En realidad se trata de uno de los siete demonios del círculo de Chorrael, el único que aún no había destruido. Comprenderá que ante algo así, sería difícil que nos tomase en serio.
Ya. ¿por que no me explica todo eso más despacio?
Por supuesto.
DE LA DESTRUCCIÓN DEL CIRCULO DE CHORRAEL
Y EL POSTERIOR RESCATE DE OREROT-NÁMIRA
POR EL DEMENTE CABALISTA PAU
“El origen de los siete demonios que formaban el Círculo de Chorrael se pierde en la noche de los tiempos, en circunstancias que los hombres somos incapaces de concebir.
Último vestigio de las criaturas que encabezaban las fuerzas del mal, siete demonios se conjuraron para hacer frente al bien, formando el mencionado círculo de Chorrael. Eran Orerot-Námira, Onane-Námira, Olotrab-Námira, Iken-Námira, Oirakam-Námira, Otnicaj-Námira, y Retifib-Námira.
A lo largo de la historia de la humanidad surgieron valientes que se enfrentaron a estos demonios. Poco a poco los leviatanes fueron cayendo, no sin acabar a su vez con la vida de los valientes que osaron enfrentarse a ellos. En el año mil novecientos veintisiete de la era cristiana, los tres últimos demonios, Orerot-Námira, Iken-Námira y Retifib-Námira, se enfrentaron al heroico ciudadano húngaro Bela Rackosi1. En varias ocasiones estuvo Rackosi cerca de la muerte, como cuando el demonio Retifib-Námira adoptó la mujer de una seductora mujer rubia para atraer al aventurero magiar al tálamo donde entre otras cosas succionaría su alma. Milagrosamente, Rackosi fue quien de escrutar la mirada del demonio y descubrir su treta.
Tras una lucha encarnizada Rackosi destruyó a Retifib-Námira y a Iken-Námira. Debilitado por tan sobrehumano esfuerzo, y sabiéndose incapaz de destruir igualmente a Orerot-Námira, consiguió encerrarle en un bucle de espacio-tiempo, empleando una vieja paradoja aprendida de su abuelo Szolt.
Por desgracia, un imprudente cabalista español, Pau Loureiro, descifró el conjuro que haría regresar a Orerot-Námira de la noche en la que había sido confinado. Cuando su ayudante se enteró de las intenciones de su maestro, se rebeló contra él. No sirvió de mucho. Los secretos que quedaron a su cargo eran demasiado grandes para su inexperta mano y Loureiro sólo tuvo que esperar a que su asustado ayudante abandonase despavorido y se refugiase en un monasterio. Su nombre era…”
¡La madre que me parió!
¿Que ocurre?
Isauro Delfín, ¿verdad? - pregunté con voz de fastidio.
¡Exacto! –Exclamo asombrado Lucendo. - ¿Cómo lo ha adivinado?
Es una larga historia. Siga.
“No hay mucho más que decir. Loureiro rescató a Orerot-Námira de su cárcel y le exigió como recompensa que le apoyase en su intento de hacerse con el poder. Este accedió, pero en secreto ambicionaba la reconquista de su gloria pasada, así que se sirvió de Loureiro como hombre de paja, hasta que éste empezó a olerse la estratagema de Orerot-Námira. El cabalista descubrió en el estudio de los astros que usted era el único hombre capaz de hacer frente a Orerot-Námira y de ahí que le ofreciese un trato tan ventajoso si se unía a él.”
¿Tan poderoso soy?
En absoluto. Lo que ocurre es que es ley de vida que todos tenemos en algún lugar nuestro perfecto antagonista, que por unas determinadas características, tiene la capacidad de destruirnos con mayor facilidad que cualquier otro. Esta le se aplica a toda clase de seres, incluso a los demonios como Orerot-Námira. Warren. Escuche atentamente lo que le voy a decir…
CAPÍTULO XXII
LA NOCHE DEL CAZADO
No me sorprendí en absoluto cuando al llegar a casa, dispuesto a darme una ducha y preparar mi misteriosa cita con Sibila, encontré a la señora Tao y a Mabel Lozano en el sofá de mi salón, mirándome ambas fijamente. Mientras la primera comenzaba a servir el té me ordenó que me sentase. Algún día tenía que pasar algo así.
Según el ancestral rito cantones (en una versión brutalmente recortada por una señora Tao ansiosa por verme formar una familia), antes de oficiar la presentación, debíamos beber una primera taza. Dadas sus prisas la señora Tao se limitó a llenar las tazas a no más de un tercio de su capacidad. Por primera vez todos aquellos años, el té no hervía.
La joven Mabel me ha hablado de lo difícil que es encontrar un hombre decente en estos tiempos. ¿Tú que opinas, Mao?
Bueno, yo… - miré el reloj para constatar nervioso que nos acercábamos a la medianoche- verá, señora Tao, creo que debería haberme avisado antes de…
Un platito de porcelana voló por el aire y se estrelló en mi cabeza.
¡Compórtate, Mao! ¿Que va a pensar esta chica tan dulce?
¡Oh señora Tao! No sea dura con él.
No, hija, a Mao hay que cuidarle como si fuese un niño, y yo soy mayor para hacerlo. Solo espero que algún día encuentre una buena chica que…
Vamos, vamos… no llore. –Mabel Lozano cogió la mano de la señora Tao para consolarla.
Lo que yo quería decir es que tenía un compromiso ineludible esta media noche, y no me imaginaba que…
¡El único compromiso ineludible es con esta chica! ¡Vístete y llévala al mejor restaurante de la ciudad, indolente! –Exclamó la señora Tao.
Viendo que no había posible escapatoria, me retiré con la excusa de cambiarme de ropa y desde la habitación llamé a Sibila para decirle lo que estaba ocurriendo.
Sibila, ¿eres tú? –Susurré.
Mauricio, ¿por qué hablas tan bajo? ¿Qué ocurre?
Cuando le expliqué lo que me había sucedido y que no podría pasar a recogerla su única respuesta fue enviarme una descarga de electricidad a través de la línea. Al tiempo que frotaba mi dolorida oreja, pensé que seguramente a Chow Yun Fat no le pasaran estas cosas.
1 Protagonista de “Bela Rackosi, aventurero”, relato de José Manuel García.
1 Marzo 2009
CAPITULO XXI
Una voz metálica anunció la llegada a Port Vale. No estaba seguro de haber entendido correctamente aquel aviso en ingles y me disponía a preguntar a alguno de los otros ocupantes del tren cuando por la ventanilla vi el cartel de la estación.
Maleta en mano me disponía a aclarar aquel misterio que me había llevado hasta una apartada localidad inglesa. Pero lo mejor será que retome la explicación en el momento en que lo había dejado, es decir, tras la oferta de Loureiro.
Me costó despedirme del Compra Mágica. Echaría de menos enormemente la tranquilidad de mi despacho en el último piso. Era el fin de los revolcones entre bolsitas de té Lord Nelson. Dana también se entristeció cuando recibió la noticia. Para consolarme cogió un tarro de mermelada de cerezas tamaño familiar y desde la puerta me guiñó un ojo (Shake it blue baby)
Antes de realizar el traspaso de poderes tuve que esperar a que Capmany terminase de azotar a una persona que se había atrevido a ponerse en la caja rápida con un carro. Mediante la simbólica entrega de un bote de sucedáneo de helado Drácula, pasaba a dirigir con carácter de administrador único el negocio. Estábamos seguros de que no nos defraudaría.
Como testigos habían acudido Craig y Sansón, accionistas del supermercado y Paddy, en calidad de hombre-estatua anunciante de la ensalada de trébol irlandés Capitán O’Frudessea. Me retiré temprano, mientras ellos apuraban un último trago. El día siguiente me iba a resultar intenso.
Antes de que sonase el despertador ya estaba en pie y masticando muesli. Quería pasarme por el bar de Mauricio y ponerle al corriente. Además, con el Poyo en reformas, necesitábamos un local donde ver el Sevilla-Celta de esa noche.
Una vez hice esto me dirigí al ayuntamiento. Loureiro me esperaba en su despacho, impaciente por ponerme al corriente de mis nuevas obligaciones.
Matito, por favor, espera fuera. –Dijo a un guardaespaldas de cráneo afeitado que se encontraba junto a la puerta.
En la descomunal mesa de metacrilato del alcalde descansaban una fotografía. En ella se le veía al lado de mítico Casquinho, el mejor goleador brasileño de todos los tiempos, a las puertas de la fábrica de ropa interior ByCasquinho que ambos habían abierto en los años ochenta, una vez Loureiro abandonase la alcaldía.
Me saltaré la conversación que mantuvimos, pues no difirió apenas de la que habíamos tenido en el tapadillo de la calle Camelias. Se despidió de mí rogandome tacto con el teniente de alcalde. Salí del despacho del alcalde en dirección al despacho de Torgue Doré. Era el momento, iba a liarla parda.
Atravesé la antesala donde sorprendí a Benito sacando las pelusillas de sus calsetines blancos. Ni siquiera le di tiempo de reaccionar y le dejé con la palabra en la boca mientras abría de par en par la puertas del despacho de Doré.
Saluda a tu nuevo compañero, Torgue. Y pide a Benito que me traiga un té verde con una hoja de hierbabuena.
Maldito estúpido… - Murmuró Torgue mirándome con fiereza- …sigues sin saber con quién estás tratando.
A los ojos de Loureiro, con un igual. Ponte una corbata que a las dos comes con los veteranos del Rápido de Bouzas en el asador “La Vaca Loca”.
Imposible, tengo reunión con los promotores en el club financiero…
Tenías. De eso me encargo yo. Tú vete a comer con los abueletes que son una gente la mar de graciosa y déjame a mí a los cargantes de los promotores…
Torgue, pálido y obviamente disgustado, arrojó disimuladamente un pequeño objeto en la papelera, cogió su chaquetilla de piel y salió disparado. Benito, al verle pasar cambió su trayectoria ciento ochenta grados con una pasmosa facilidad y, pegado a la cola de Doré como un patito a la de mamá pata, abandonó el despacho.
Descolgué el teléfono y pulsé el botón malva del despacho del alcalde.
Aquí Loureiro. –Respondió una vocecilla.
Soy Warren. Doré va para allí con un cabreo de mil demonios. Ese chico tiene un oído endiablado.
Está bien, está bien. Hablaré con él. Vete a la reunión con los promotores que de Torgue me encargo yo.
Estaba a punto de abandonar su despacho cuando recordé que Torgue había arrojado un objeto a la papelera. Me agaché y comencé a rebuscar. Allí había una quiniela con cuatro aciertos (claro, Osasuna-Cacereño, 2, así no hay manera). Encontré también facturas de productos químicos (azufre, permanganato de potasa, sulfato de cobre…una especie de quimicefa, vamos). Y más al fondo encontré una patata antropomórfica a la que se le habían incrustado unas cerdas, formando lo que podría se una barba. Aquel jodido chalado de Doré debía estar pensando en practicar vudú. Desde luego, estaba como una cafetera. Arrojé todo aquello de vuelta a la papelera, abandoné el despacho y me dirigí al parking en busca de mi Cx Stingray.
Me sobraba casi media hora así que tras aparcar en el Club Financiero me fui a dar una vuelta por los alrededores. Caminando, llegué a la altura del edificio Vista Alegre, donde meses atrás había comenzado este peculiar e insólito enfrentamiento que libraba contra las fuerzas del mal, en primer lugar contra el payaso Pin-Pin y ahora contra el temible Loureiro. Abstraído como estaba en mi heroicidad me encontré sin darme cuenta con la presencia de un hombre de unos cincuenta años, vestido con un traje gris y que, cojeando, caminaba hacia mí, quien me entregó un papel sacado de una pila que portaba en sus manos, desapareciendo acto seguido en dirección al nudo de Isaac Peral a paso ligero, pese a su ostensible cojera, y sin mirar atrás. Eché un vistazo al papel que había depositado en mis manos y supe al instante de que se trataba. Una imagen de una vela encendida rodeada por una corona de espinas me hizo intuir que aquel pedazo de papel debía ser parte de una campaña de algún tipo de iglesia o secta para atraerme a su seno. Afortunadamente no cometí el error de arrojarlo sin más a una papelera y comencé a leer aquel texto:
“LA SALVACIÓN EN SUS MANOS”
“Desde tiempos inmemoriales se ha venido produciendo una lucha entre el bien y el mal. Éste último, bajo diversas formas, ha ido sembrando el camino del hombre de obstáculos, acechando en la penumbra para hacerse con el dominio del mundo a la que nos descuidemos y extender así su reinado de terror. Sólo en nuestra mano está derrotarle.
Pero no es tarea fácil. Alimentado por nuestras debilidades se ha ido haciendo más y más sabio, más y más ladino y hace tiempo que abandonó su forma de serpiente para emplear tácticas más sutiles para envenenar nuestros corazones.
Es así como el mal, en los últimos años, ha adquirido diversas formas: taxista, jubilado de Iberia, cantante de rancheras, TENIENTE DE ALCALDE…
No existen normas en esta lucha. El único modo de vencer al mal es enfrentándole pureza, rechazar sus cantos de sirena…y golpear tres veces los tacones repitiendo “Volver a casa, Totó” (No, que es broma).
Recuerda: se puro.
Albino Lucendo
243EZ7 Port Vale
Gran Bretaña”
Aquel era el desconcertante prospecto que el hombre cojo había depositado en mis manos. Aún intrigado, lo doblé, lo guardé en un bolsillo de mi gabardina y me dirigí a la entrada del club financiero, donde me esperaba una representación de los promotores locales.
Una azafata pelirroja vestida con un traje gris me condujo hasta un salón donde se encontraban un grupo de hombres, la mayoría achaparrados y de caras enrojecidas, probablemente por causa de las numerosas botellas de vino que descansaban descorchadas y vacías en una de las mesas.
En la reunión también se encontraba Iván Ojuena, el lirón canoso al que había conocido en el tapadillo de la calle Venezuela. Al verme entrar, dejó su copa, que estaba prácticamente llena, en una mesa y se dirigió hacia mí con la mirada esquiva que le caracterizaba. Su apretón de manos, débil y vaporoso, me confirmó que Ojuena no era de confianza. Mejor para mí.
Después de que el lirón me presentase a los asistentes a la comida fui arrastrado por unos impetuosos y hambrientos promotores a la mesa donde nos esperaban fuente y fuentes de marisco variado.
Viéndoles comer parecía que llevasen dos días en ayunas esperando por esta comida. Malditos ratas.
Tuve que esperar tres cuartos de hora antes de que dejasen de atracarse y prestasen atención a mis palabras. Mi trabajo no era muy difícil. Las directrices de Loureiro eran claras: Gozando de un poder tan absoluto en la corporación, los planes de ordenación urbana no tenían por que encontrar ninguna dificultad, salvo casos aislados de ciudadanos que se opusiesen, y que como en mi caso, eran generosamente compensados si deponían su actitud. Los gastos en esta primera fase no eran importantes, por mucho que se disparasen. En comparación con los beneficios futuros, eran cantidades irrisorias. Una vez allanado el terreno, los políticos ganábamos y los promotores ganaban. A la gente, en el fondo, le daba lo mismo vivir en un dúplex que un cubículo siempre que tuviese una televisión decente. Y esa era otra cosa de la que se había encargado Loureiro, de promover una fuerte televisión de entretenimiento haciéndose con el canal local CanalVigo, e invirtiendo unas grandes sumas en traerse a la crème de la crème del espectáculo: Pepín Soborne, Julito Charada, Juan Luis Morocho o Terelu Pampos.
Salí de la reunión con el estómago a punto de reventar después de ser obligado a repetir pastel de merengue, pero satisfecho por haber cumplido con mi misión. Los constructores pagarían lo que Loureiro quería.
Me detuve a tomar un té rojo en El Cultivo, una cafetería de la calle Barcelona, donde aproveché para llamar al alcalde y darle las buenas noticias. Después de tomar nota, la camarera morena se alejó moviendo sus portentosas piernas con la suave cadencia de un dulce ritmo afrobrasileño.
Siiiií… - Respondió una vocecilla quejumbrosa al otro lado de aparato.
Alcalde, ¿eres tú? –Pregunté extrañado.
¿Warren?
El mismo. ¿Te encuentras bien?
Siento pinchazos por todo el cuerpo, como si me hubiese tragado unos alfileres…
¿Mala digestión? A mí me pasa lo mismo. Estoy a punto de tomarme un té rojo. Es una cosa sanísima. Si quieres, compro cien gramos y te los llevo. ¿Qué es lo que has comido?
Pescadiiiiito cociiiido… ¡arf!
Venga ya. Nadie se pone así por…
En ese momento vi la luz.
Alcalde…
¿Queeee… ¡ay!?
Cuando yo me fui a la comida con los promotores y Doré entró en tu despacho, ¿qué pasó? ¿Estaba muy irritado?
Siiii… ¡ay!…la verdad es que estaba bastante cabreado, apenas logré que se calmase. Pero sé manejarle, tú no te preocupes por ello.
Quizás seas tú quien deba preocuparse.
¿Qué quieres decir?
Que quizás todas las chorradas esotéricas de Doré tengan algo de cierto. Creo que está practicando vudú contigo.
Esta bien, Warren. No he sido sincero del todo contigo, hay algo que... Ahhhhhrg!!
¡Alcalde! ¡Pau!
1 Marzo 2009
La señora Tao entró en la cocina. Antes de hablar me miró durante unos segundos con su mirada censora. Finalmente, con un agrio gesto de disgusto, me increpó:
Esa chica es occidental, Mao. ¿Se puede saber en qué estabas pensando?
Pero señora Tao…
¡No me interrumpas! Con lo que me estoy esforzando para lograr que conozcas a Mabel Lozano, y me encuentro con esa espantosa mujer en tu cama. Mao, te quiero como si fueses hijo mío. ¿Por que eres tan cruel con esta pobre anciana?
Pero señora Tao…
¡He dicho que no me interrumpas! – Su reprimenda vino acompañada de un golpe de uno de sus pequeños puños en mi oreja izquierda. -¡Así es como me pagas estos años de atenciones! Pensé que con el paso de los años el señor Tao y yo habíamos logrado inculcarte un poco de sentido común, pero en cuanto te pierdo de vista tu te llevas a la cama a esa…bruja de pelo de sangre. Mujeres occidentales, costumbres occidentales… ¿qué va a ser lo siguiente, Mao? ¿Acaso piensas mandarme a un asilo ilegal? ¿O piensas comprarte un vídeo Beta?
Antes de que pudiese encontrar una disculpa que detuviese el inminente torrente lacrimal al que por experiencia sabía que se dirigía la señora Tao, ésta abandonó el piso cerrando la puerta con violento portazo y hablando en voz alta con su difunto marido. Tendría que pasarme más tarde por su casa para arreglar la situación.
La mano de Sibila se posó en mi hombro.
¿Qué es lo que ha ocurrido? –Preguntó. -¿Es esa la señora Tao de la que me hablabas anoche?
La misma.
Parecía enfadada. ¿Qué le has dicho, Mauricio? – Inquirió desconfiada.
Pero bueno… ¿Por que he tenido que ser yo el culpable?
No creo que se haya puesto así por nada.
Bueno, ya te dije que porfía en emparejarme con Mabel Lozano. Pues cuando te ha visto aquí…
Ahora que caigo… ¿Qué hacía ella aquí a las siete de la mañana?
Sacarme de quicio. -Dije con resignación.
Después del desayuno Sibila se marcho a la tienda. Tenía que atender la llegada de una remesa de figurillas pakistaníes de madera que llegaban aquella mañana. Yo por mi parte debía hacerme cargo del bar. Me pasaría a recogerla a la hora de comer. Acabado el desayuno me vestí y bajé al garaje a por el coche.
Como ya venía siendo habitual, cogí de lleno un atasco que me hizo perder más de veinte minutos. Solo recuerdo haber pasado un aburrimiento semejante una vez en mi vida. Fue cuando, siendo aún niño, me regalaron un ejemplar de “El Despertar”, un aburrido libro de una aburrida escritora que trataba sobre un aburrido niño y su aburrido cervatillo en los aburridos pantanos sureños del que se hizo una aburrida película en los años cincuenta (aburridos en general).
Cuando por fin llegué a Plaza da Miñoca, me sorprendió ver a Warren esperando en su coche a que yo llegase. Estacioné a unos metros de donde se encontraba y golpeé con los nudillos en la ventanilla de su Cx.
Me alegro de verte, Mauricio. Hay un par de asuntos de los que tenemos que hablar.
Tú dirás.
En primer lugar, creo que empiezo a ver una solución al tema Loureiro.
¿Sí? ¿Cual?
Verás, he podido comprobar que su círculo más cercano es un polvorín y si logro meter un poco de cizaña puedo lograr que todo se venga abajo.
Explícamelo mejor.
Dentro de una hora me pasaré por el ayuntamiento. Por un lado estoy en nómina de Loureiro, soy su nuevo hombre de confianza. Por otro lado Doré se huele la traición, y por supuesto, está nervioso. Anoche me envió un emisario para meterme un poco de canguelo. Si sé manejar la situación no me costará nada hacer que ellos mismos se machaquen entre sí. Quería que estuviese informado por si llegado el caso necesito tu ayuda.
Muy bien, cuenta conmigo. ¿Que era lo segundo de lo que me quería hablar?
¡Ah, sí! El Poyo está cerrado por reformas. ¿Te importa que me pase con unos amigos a ver el Sevilla-Celta?
En absoluto. ¿A qué hora es?
A las nueve y media.
Perfecto. A esa hora habré cerrado. Sacamos una cervezas, nos ponemos cómodos y a disfrutar del partido. Seguro que hoy ganamos.
Seguro. Juega Karpin.
Poco antes de las dos dejé a Rafita a cargo de todo y me dirigí a la tienda de Sibila. Esta era una pequeña tienda en el centro comercial de la Plaza Elíptica. La clásica tienda de productos naturales, eso sí, muy bien abastecida. En especial me sorprendió el surtido de mostazas que ocupaban un estante de tamaño bastante respetable.
De pronto caí en algo.
¡Eh, Sibila! Acabo de darme cuenta de que tu apellido es un anagrama de la palabra mostaza.
Muy observador. ¿Dónde quieres que vayamos a comer?
Lo que uno no espera cuando está sentado a la mesa de un tranquilo restaurante mejicano y acaba de comerse una ensalada con maíz y jalapeños es oír nada que escape a las leyes de la lógica. Hasta cierto punto puedes entender que a la frase “hay algo sobre mí que debes saber…” siga un “Estoy casada”, un “solo me excito escuchado a Pepín Soborne”, “incluso un “antes era un hombre”, pero joder, lo que en ningún modo uno puede esperar es algo como lo que me soltó Sibila mientras esperábamos por el segundo plato:
…Mauricio, soy un hada.
¿Lo qué?
Un hada. Soy un hada. El hada de la Mostaza.
¿Lo qué?
Un hada.
Sibila, ¿de qué demonios estás hablando?
Mauricio, te estoy diciendo que soy un hada, ¿quieres creerme?.
¡Venga ya!
Está bien, te lo demostraré.
Sibila echo mano de su bolso y extrajo una cajita de polvos.
¿Eso que es? ¿Tu maquillaje de hada?
Sibila depositó un montoncito de esa sustancia de la caja en la palma de su mano y espolvoreo sus partículas por mi cara con un soplido. Inmediatamente me sentí flotar, en el sentido más estricto de la palabra. No creo que aquello durase mas de uno o dos minutos, pero lo cierto es que perdí la noción del tiempo, entretenido en ver aquellas luces parpadeando a mi alrededor mientras mi cuerpo se expandía y se contraía flotando en el vacío.
Cuando finalmente aterricé en mi silla Sibila me preguntó:
Y ahora, ¿que es lo que dices?
Digo que me ha encantado, pero que espero que la policía no te sorprenda con eso encima por que te ibas a ver metida en problemas muy serios.
Veo que mantienes tu escepticismo, Mauricio. Recógeme un poco antes de la media noche y te daré una prueba que no podrás ignorar.
¿De qué se trata esta vez?
Espera y verás.
La dejé de vuelta en su tienda a eso de las tres, intrigado por aquella enigmática cita. Antes de volver al bar consideré oportuno pasarme por casa de la señora Tao para intentar arreglar la trifulca de aquella mañana.
La señora Tao vivía en un edificio amarillo de la plaza Isabel la Católica. No se trataba, ni mucho menos, de un piso de lujo, pero sus suelos de madera y sus vistas a la ría hacían de él un lugar acogedor.
Anticipándose a mi llegada la señora Tao esperaba sentada en una gran butaca de lana marrón. A su lado en una delicada mesilla de madera de boj reposaba una taza de té verde y un salero. La persiana, bajada en sus tres cuartas partes, aportaba un toque inquietante a su hosca presencia.
Mao, – mientras comenzaba a hablar me indicó con un gesto que tomase asiento en el sofá- tengo buenas noticias para ti. Acabo de recibir una carta de Mabel Lozano. Quiere conocerte. ¿No te alegras?
¡Pero señora Tao!
El pequeño salero de madera golpeo mi oreja izquierda tras describir una perfecta parábola a lo largo de los tres metros que nos separaban, como si fuese un pequeño cometa cuya cola desprendiese granos de sal.
¡Harás lo que se te diga! – Sentenció reafirmándose en sus palabras con un amenazador gesto de su dedo índice. –Ahora vete, cuando sepa más, te avisaré.
Rompiendo con todos los preceptos del derecho procesal, fui conminado a marcharme por aquella pequeña mujer que había tomado las riendas de mi vida.
Después de una tarde anodina, finalmente a eso de las nueve eché el cierre. En seguida empezaron a llegar en goteo los amigos de Warren. Juntamos un par de mesas y con unas “Boison des Revolutionaires”1, una cerveza tradicional bretona, nos dispusimos a disfrutar del partido. Se trataba de un Sevilla-Celta. Con el Sevilla de colista y el Celta arriba tenía visos de victoria. La ronda de previsiones la abrió Coque, el dueño de una discoteca con un “Eh, juega Karpin, no podemos perder”
Media hora después nuestra mortal palidez era inequívoco símbolo de que la presencia del ruso de oro en la banda derecha no bastaba para decantar el partido a nuestro favor. No solo el Celta no terminaba de llegar con claridad si no que el Sevilla se había permitido el lujo de darnos un par de sustos. Por si fuera poco, el portero recién fichado por el Sevilla, el noruego Olsen, había salvado un par de balones peligrosos. En el momento en que empezábamos a agachar las cabezas contentándonos con el empate, surgió la figura de Karpin nuevamente. Tras marcharse del carrilero y dejar sentado al central izquierdo, el libre del Sevilla no tuvo más remedio que derribarle de una patada que supuso un penalti a nuestro favor.
Saltamos todos de alegría, envueltos en el humo de nuestros cigarros. Karpin tomo el balón con firmeza y se dirigió al punto de penalti. No faltó una voz que puntualizó “Vamos chavales, tranquilos, que si lo tira Karpin no hay fallo”.
Hubo fallo.
Con una agilidad impropia de un noruego de treinta y cinco años y cerca de dos metros de altura, Olsen se materializó junto al larguero a tiempo para desviar la pelota a córner.
Desde ese momento hasta el minuto ochenta y nueve fumé como no había fumado en todo el último año. Justo en el momento en que apagaba la colilla del último cigarro, asumiendo que el partido acabaría cero a cero, un delantero sevillista arrancó en medio campo y se fue por velocidad de la defensa del Celta. Recorrió como una flecha los treinta metros que le separaban de la portería viguesa y cuando parecía que iba a marcar mandó el balón unos centímetros por encima del larguero. En ese mismo instante eché mano de un cigarro más, pero justo en el momento en que me disponía a encenderlo el bueno de McCarthy, que acababa de saltar al campo para perder tiempo aprovechó un pase en profundidad, ganó la posición y marcó un gol. Ahora sí, estalló la alegría en el bar.
Los chicos se marcharon felices a celebrar la victoria. Yo eché el cierre y me dirigí a casa de Sibila. Después de tantas emociones empezaba a dudar de si sería conveniente seguir con aquella historia de las hadas que me había contado durante la comida.
1 Cerveza francesa, tostada, de 6’5º de alcohol, y aroma levemente afrutado, pero menos cargante que la Francisckaner.